Para hablar del pasado nada mejor que el presente. Lo cual es bastante desafortunado, por cierto. El actual gobierno de Juan Sabines Guerrero en Chiapas ha demostrado una capacidad de “control”, gesticulación mediática y corrupción que supera a cualquiera de sus antecesores, lo cual es ya mucho decir. Mucho, pues esa tradición autoritaria es parte íntima del poder en la entidad, ese último rincón de la patria (y desde 1994 gran magnavoz del México real). De la mano, como siempre, vienen la represión y la mentira.
Gobernar Chiapas después de 1994 se convirtió en jugoso botín para la clase política local: el desafío nacional del alzamiento indígena estableció un estado de excepción y de guerra que se convirtió en buen negocio para los administradores y prevaricadores locales, beneficiados con recursos federales e internacionales a montones para caminos, publicidad, inversión invasiva, reparto de dádivas a discreción: todo lo que sirva a la contrainsurgencia. A la vez, la publicidad incontestada del régimen chiapaneco sostiene como método que sólo hay felicidad y plenitud desarrollista, y si los indios no son felices es porque no quieren.
Gobernar Chiapas después de 1994 se convirtió en jugoso botín para la clase política local: el desafío nacional del alzamiento indígena estableció un estado de excepción y de guerra que se convirtió en buen negocio para los administradores y prevaricadores locales, beneficiados con recursos federales e internacionales a montones para caminos, publicidad, inversión invasiva, reparto de dádivas a discreción: todo lo que sirva a la contrainsurgencia. A la vez, la publicidad incontestada del régimen chiapaneco sostiene como método que sólo hay felicidad y plenitud desarrollista, y si los indios no son felices es porque no quieren.
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