22/12/09

FELIZ NAVIDAD, LUMPENPROLETARIADO QUERIDO, MESMAMENTE COMO NOSOSTROS MESMOS


MINIFALDAS
Arcadio Acevedo



DEDICATORIA CORDIAL
A mi familia viajera. Regresen pronto.

MANCILLA Y LAS MANZANAS
Ayer hubo fruta en mi mesa. Un acontecimiento. Mis ojos se alegraron con la pila de colores frescos, suculentos. Pero mi estómago se rehusó a probarlos. Las tripas saben su cuento. La última vez que incurrí en la tentación de morder una manzana asesinaron a Roberto Mancilla. Le metieron en el cráneo dos tiros a mansalva. ¿Superstición? No. Me inclino a creer que es cuestión de métrica: aunque de manera asonante, manzana y mansalva riman.

NOMÁS RECUERDO QUE SE ME OLVIDA TODO
El miércoles pasado, rindiéndole honores con los cinco sentidos a un simpático lechón a las brasas, dos yuntas de amigos hablábamos de poetas y poesía. Con la pechera de su camisa, al principio inmaculada, como una paleta de pintor, con muestras de salsas en vez de óleos, nuestro cuate paisajista quería saber el nombre del bardo Othón.

Apilando moronas de memoria colectiva pudimos dilucidar que en México hubo no uno sino dos poetas que, en alguna parte de su nombre o apelativos, cargaron con el Othón. No nos alcanzó, en cambio, la buena voluntad ni el diezmado hato de neuronas para repetir un verso de cualquiera de los dos personajes.

Cuatro copas después, hasta llegamos a olvidar que horas antes habíamos sudado caliente por recordar algo. Ingrata es la sesera senil, voluble. ¿Por qué mejor no se nos olvida morir? ¿Por qué mejor no nos acordamos de amar siempre?

SUERTE TE EMPRESTE DIOS…
Otro día por la mañana, el Diccionario de México me sacó de la ignorancia: Manuel José Othón (1858-1906), poeta, cuentista y dramaturgo, nació en San Luis Potosí. Fue diputado federal en 1900. Combina en sus obras lo clásico con una innata tendencia hacia el modernismo.

Ya puesto en el camino de la verdad, bebí algunos de sus poemas. Pensando en evitar que a mi improbable y solititío lector se le reviente la hiel, le invito un mendrugo:
Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.

A ningún otro poeta Othón alude el obeso diccionario.

ME QUEDO CON LA RAZA
Más tarde, por una de esas afortunadas casualidades, releyendo “Historia de lo inmediato” de Renato Leduc, me topé con un texto dedicado precisamente a “Miguel Othón Robledo, el poeta olvidado”, el otro. Este proletario y maldito vate nació en Jalisco. De él escribe Leduc: “Tipo Dostoievski, Miguel Othón me enseñó desde temprano a vivir o, más exactamente, a mal vivir, y quiero en cambio consagrar a su memoria no un minuto de silencio que ya ha padecido muchos sino, más bien, cinco minutos de charla”.

Y más adelante: “Año de desgracia de mil novecientos trece. Don Victoriano Huerta, general, católico, apostólico y mariguano en el poder. El jabón comenzaba a ser en la República artículo de primera necesidad y, por ende, la desprestigiada bohemia literaria a base de corbatón, tequila y negro en las uñas daba sus últimas boqueadas.

No obstante, mientras el vendaval de la Revolución levantaba jubilosas tolvaneras en los desiertos del norte, aquí, en la capital, en las tabernas de barriada, pontificaba todavía una desmedrada caterva de poetas malditos que no por ser poetas habían escrito ningún poema ni por ser malditos asustaban a nadie…

Y el arquetipo de toda esa caterva era Miguel Othón Robledo, el inspirado vate jalisciense, solamente que en él la actitud era genuina, porque era atrozmente feo, atrozmente poeta y atrozmente desventurado”.

EL ÁCIDO ALIENTO DEL GENIO
Años después, cuando la Revolución devino gobierno, el poeta se la vivía ordenando en bares y piqueras “copas de leche de tigre” (ajenjo rebajado con catalán), y luciendo su ingenio: Anoche –relataba- se me ocurrió dormir encaramado en un árbol del Jardín de San Fernando; venía yo cansado desde las Trancas de Guerrero… Llegó un jenízaro y desde abajo me increpó: “Hey, ¿quién es usted?, ¿qué hace allí? Bájese o lo bajo”. Yo, desde mi altura, le contesté con voz cavernosa: Yo soy un enorme pájaro que vela cabizbajo, / si quiere volaré a otro árbol pero no me bajo.

LO MALO DE LOS BUENOS
Renato Leduc al micrófono: “Y de pronto los venenos ingeridos, las enfermedades mal curadas y las noches sin dormir y los días sin comer; la incuria, el abandono… qué sé yo, le hicieron crisis con una violencia horrible: los dientes se le cayeron en unos cuantos días, el maxilar inferior se le hizo astillas, el mentón se le convirtió en una llaga purulenta.

Miguel Othón Robledo comprendió que pronto se libraría de su miserable cuerpo atormentado y se volvió beatífico: “No quisiera morir–decía sonriendo con una sonrisa monstruosa- porque la muerte es tía mía por parte de madre y yo detesto a los parientes”. “A veces el dolor es tan intenso que no me queda más remedio que pararme a leer los rótulos de las tiendas”.

ADIÓS, OTHÓN, CHINGÓN
En una cantinucha de la plazuela de Juan Carbonero, “un dos de abril, se instaló para esperar la muerte. Se alimentaba exclusivamente de tequila, explicaba, y de pepinos, que según aseguraba, aclaran mucho la inteligencia. Un día, al fin abandonó el cubículo y con paso tardo se encaminó al hospital; de vez en cuando, en el trayecto se detenía a leer los rótulos de las tiendas….

MORALEJA
Bien me está por andar metiendo las narices en las vidas ajenas. Ahora, ¿quién me saca de mi tristeza?

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